Juan 11:
35 Jesús lloró. 36 Entonces dijeron los judíos: —Miren cómo lo amaba.
37 Pero algunos de ellos dijeron: —¿No podía este, que abrió los ojos al ciego, hacer también que Lázaro no muriese?
38 Jesús, conmovido otra vez dentro de sí, fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta una piedra contra la entrada. 39 Jesús dijo: —Quiten la piedra.
Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: —Señor, hiede ya porque tiene cuatro días.
40 Jesús le dijo: —¿No te dije que si crees verás la gloria de Dios?
41 Luego quitaron la piedra, y Jesús alzó los ojos arriba y dijo: —Padre, te doy gracias porque me oíste. 42 Yo sabía que siempre me oyes pero lo dije por causa de la gente que está alrededor, para que crean que tú me has enviado.
43 Habiendo dicho esto, llamó a gran voz: —¡Lázaro, ven fuera!
44 Y el que había estado muerto salió, atados los pies y las manos con vendas, y su cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: —Desátenlo y déjenlo ir.
45 Muchos de los judíos que habían venido a María y habían visto lo que había hecho Jesús, creyeron en él.
De todas las cosas que podemos aprender de este milagro, quiero que reflexionemos sobre el último detalle cuando Lázaro sale de la tumba. Jesús le dio la orden a Lázaro de salir y cuando él salió, estaba envuelto con las coberturas de tela especiales con que envolvían a los muertos, entonces Él ordena a los testigos desatarlo. Después de que Jesús hace un milagro en alguien, trayéndolo al camino de salvación, el Señor nos permite ser parte de ese milagro para completar la obra que Él hizo. Todos nosotros somos parte de la obra de Dios ayudando a otros después de que han resucitado para que sean completamente libres.
Por eso Dios pone en la iglesia personas con diferentes dones y capacidades para que nos sirvamos los unos a los otros, quitarnos esas vendas que quedan de la vida pasada, y vestirnos de las nuevas vestiduras de amor.
Por eso es necesario entender la necesidad de animarnos unos a otros, aconsejarnos y con paciencia tolerarnos unos a otros.
Jesús hace el milagro de restaurar familias pero nosotros somos los que con paciencia debemos enseñarles con nuestro ejemplo y consejo a guiar esas nuevas familias, enseñándoles cómo se conduce una familia cristiana, cómo los esposos deben a amar a sus esposas, las esposas a respetar y apreciar a su esposo, cómo los padres deben tratar a sus hijos.
Debemos desatar a esos jóvenes y guiarlos en cómo vivir una vida victoriosa, cómo habla un joven cristiano, cómo se comporta, qué hábitos del pasado hay que modificar, costumbres que quedaron de la vida pasada sin Dios, como esas vendas sobre el cuerpo de Lázaro, se deben de remover pacientemente de aquel que ha nacido de nuevo.
Los cambios de carácter, de temperamento, de hábitos y de costumbres se van modificando a medida que la persona se va adaptando a su nueva vida en Cristo, madurando mientras va caminando en el camino de la fe, y con la ayuda de cada uno de nosotros. ¡Participemos en el milagro de la transformación y completa liberación de una nueva criatura!
Pongámonos manos a la obra. Ya miramos cómo Dios puede transformar a alguien, cómo los corazones son transformados y las mentes son renovadas. Ahora pongamos de nuestra parte para completar ese milagro, desatando a muchos y llevando todo pensamiento, cautivándolo y sometiéndolo a la obediencia hacia Cristo.
Colosenses 3:12-14: Por tanto —como escogidos de Dios, santos y amados— vístanse de profunda compasión, de benignidad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia; soportándose los unos a los otros y perdonándose los unos a los otros, cuando alguien tenga queja del otro. De la manera que el Señor los perdonó, así también háganlo ustedes. Pero sobre todas estas cosas, vístanse de amor, que es el vínculo perfecto.
Consideremos:
¿Estoy ayudando a alguien a adaptarse a la nueva vida en Cristo?
¿Estoy dispuesto a participar del milagro que Jesús está haciendo con muchos hoy?
Soy tu amigo Eduardo Rodríguez. Lee el capítulo.
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