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Juan 13:
4 se levantó de la cena; se quitó el manto y, tomando una toalla, se ciñó con ella. 5 Luego echó agua en una vasija y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secarlos con la toalla con que estaba ceñido. 6 Entonces llegó a Simón Pedro y este le dijo: —Señor, ¿tú me lavas los pies a mí?
7 Respondió Jesús y le dijo: —Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora pero lo comprenderás después.
8 Pedro le dijo: —¡Jamás me lavarás los pies!
Jesús le respondió: —Si no te lavo no tienes parte conmigo.
9 Le dijo Simón Pedro: —Señor, entonces, no solo mis pies sino también las manos y la cabeza.
10 Le dijo Jesús: —El que se ha lavado no tiene necesidad de lavarse más que los pies pues está todo limpio. Ya ustedes están limpios, aunque no todos.
11 Porque sabía quién lo entregaba por eso dijo: “No todos están limpios”. 
12 Así que, después de haberles lavado los pies, tomó su manto, se volvió a sentar a la mesa y les dijo: —¿Entienden lo que les he hecho? 13 Ustedes me llaman Maestro y Señor y dicen bien, porque lo soy. 14 Pues bien, si yo, el Señor y el Maestro, lavé sus pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. 15 Porque ejemplo les he dado para que, así como yo se los hice, ustedes también lo hagan. 16 De cierto, de cierto les digo que el siervo no es mayor que su señor ni tampoco el apóstol es mayor que el que lo envió. 17 Si saben estas cosas, bienaventurados son si las hacen.

En este capítulo vemos que los discípulos se han incomodado al ver a su Maestro y Señor agacharse para lavarle los pies. Ese era un trabajo que era exclusivamente para los criados de la casa  que lavaban los pies de sus amos o patrones. 
Este contraste fue tan fuerte que Pedro se atrevió a decirle a Jesús que él no se iba a dejar lavar los pies por Él. No por orgullo sino por honor y respeto a su Maestro. 
En ese momento ocurrió una de las más grandes lecciones y de las últimas que les enseñó Jesús antes de ser entregado para ser crucificado: es mejor servir que ser servido. 
Que así como se quitaban las impurezas, el polvo o barro que haya ensuciado los pies al caminar, de la misma formas debemos constantemente ayudar y ofrecer nuestras vidas al servicio de los hermanos en Cristo. De mirarlos con respeto y aprecio, de honrar su vida y buscar el bien suyo, de ayudarlo a crecer en la fe con humildad y paciencia. 
Hoy en día ya no usamos sandalias ni caminamos en caminos polvorientos como antes. Hoy usamos zapatos cerrados que cubren los pies y medias, así que no es tan útil lavar los pies a alguien, pero Jesús se refería más al servicio espiritual y moral, de atención al hermano, de cuidarlo y mostrarle aprecio. 
Si hay cosas que se hayan ensuciado en tu caminar en la vida diaria,  yo seré un instrumento para purificar tus pies orando por ti, aconsejándote con amor y animándote constantemente. 
Todos sabemos que a veces pasamos por momentos difíciles y es bueno saber que yo puedo contar con un hermano para buscar un tiempo de reposo, de descanso y de refrescar mi vida con su atención. 
Debemos lavarle los pies a los miembros de nuestra familia, demostrando respeto y añadiendo valor y estima a su corazón. A veces somos más amables con amigos o vecinos que con la misma familia. Hagamos un balance. Apliquemos este principio bíblico en el hogar, ayudándoles a mantenerse limpios para Dios con oraciones y consejos.
Escuchemos el consejo que dio el apóstol Pablo a la iglesia en Roma en Romanos 12:9-11: El amor sea sin fingimiento, aborreciendo lo malo y adhiriéndose a lo bueno: amándose los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndose los unos a los otros; no siendo perezosos en lo que requiere diligencia; siendo ardientes en espíritu, sirviendo al Señor;

Que el Señor escuche sus oraciones y les ayude a tener un corazón de siervo. 
Soy tu amigo Eduardo Rodríguez, y no olvides leer todo el capítulo completo. Por favor, comparte este mensaje en tus redes sociales.


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