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📖 Romanos 7:14‭-‬25 RVA2015:
Porque sabemos que la ley es espiritual; pero yo soy carnal, vendido a la sujeción del pecado. Porque lo que hago no lo entiendo, pues no practico lo que quiero; al contrario, lo que aborrezco, eso hago. Y ya que hago lo que no quiero, concuerdo con que la ley es buena. De manera que ya no soy yo el que lo hace sino el pecado que mora en mí.  Yo sé que en mí —a saber, en mi carne— no mora el bien. Porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero sino, al contrario, el mal que no quiero, eso practico. Y si hago lo que yo no quiero, ya no lo llevo a cabo yo sino el pecado que mora en mí. Por lo tanto, hallo esta ley: Aunque quiero hacer el bien, el mal está presente en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo en mis miembros una ley diferente que combate contra la ley de mi mente y me encadena con la ley del pecado que está en mis miembros.  ¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Doy gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor! Así que yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios; pero con la carne, a la ley del pecado.


➡️🎙️¡Qué expresión dio el apóstol al final de este capítulo!  Él expresó un sentimiento de frustración al entender la ley que existe en nuestra carne, es decir, en nuestra naturaleza humana. Él explicó cómo es que nosotros tenemos esa inclinación al mal, no importando los buenos deseos ni tampoco el conocimiento que tengamos de lo bueno y lo malo. Es más, ese conocimiento nos esclaviza porque cuando conocemos la ley de Dios nos indica lo que es malo, nuestra carne busca el mal y la ley del pecado nos encarcela, nos esclaviza, nos mata. 
Ese ciclo espiritual se repite en nosotros y es frustrante querer hacer lo bueno y no poder hacerlo, o el no querer hacer lo malo pero al final cae en la trampa. El apóstol continuó explicando su autoanálisis concluyendo que vivimos entre dos leyes en nuestro ser interior: La ley de Dios y la ley del pecado. Con la primera servimos al Señor y disfrutamos la presencia de Dios, pero con la segunda luchamos continuamente en nuestra mente y nos impulsa al pecado. 
Es duro vivir así pero ¡gracias al Señor por su sacrificio en la cruz! Gracias a ese sacrificio que hizo que tú y yo pudiéramos obtener la victoria sobre la ley del pecado.  
Al morir Jesucristo, Él le quitó el poder de la muerte al pecado sobre los que aceptan el mensaje de salvación. Y al resucitar, ¡Él nos dio vida nueva! 
Así lo describe Pablo en la carta a los corintios que pronto vamos a estudiar: De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. (2 Corintios 5:17).
Si la ley del pecado trae muerte, ¡la ley de Dios te da vida! Puedes comenzar de nuevo, siendo conscientes ahora no solo de la ley del pecado que continuamente nos asedia y que podemos vencer con la ayuda de Dios, sino que también somos conscientes de que existe la ley de Dios la cual podemos servir y someter a sujeción nuestra voluntad humana, ¡gracias a que Jesucristo venció esa naturaleza carnal para que nosotros podamos también ser más que vencedores!
Así que no temas a tu propia carne, más bien crucifícala, viviendo en victoria en la escuela, en tu lugar de trabajo, con tus amigos que no son creyentes y en tu casa con tu familia. Sigue el consejo del apóstol en Gálatas 5:24-25: "porque los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Ahora que vivimos en el Espíritu, andemos en el Espíritu." 

Consideremos:
¿Estoy permitiendo que la ley del pecado me esclavice o estoy siguiendo la ley de Dios que da la libertad?
¿Estoy practicando el dominio propio que recibo de Dios o estoy dando rienda suelta a los deseos pecaminosos?
¿Soy consciente de que soy responsable de mis acciones, de que soy el que toma la decisión a quién servir, y de que yo decido a cuál ley obedecer?

Soy tu amigo Eduardo Rodríguez. 😇


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