Era uno de esos momentos del día en el cual ruido y follón, en este mi Pueblo Grande, nos dan una tregua. Tiempo que los que por aquí habitamos aprovechamos para poner en práctica una ya casi rutina consistente en “atravesar las calles por donde nos viene bien”. A ello iba, cuando al salir de una acera en sombra un chorro de luz y calor me ha dejado casi clavada al asfalto. Su origen no podía estar más a la vista: prendido en un perfecto cielo azul estaba uno de esos soles tremendos, brillantes y rampantes que con determinación comienzan a alargar los días.
Está claro: hemos comenzado a decir adiós al anciano invierno.