Tarde, me he enterado de la muerte de Ricardo, Cardi para los suyos. Apenas estuve tres o cuatro veces con él pero será difícil que le olvide. Junto a Berta, su mujer, me enseñó la casa de la columnas de Arroyo que con amor habían restaurado. Recuerdo cómo me contó el trabajo y el dinero que había supuesto recuperar la puerta agonizante que daba acceso al que sería su hogar en el valle. Pienso en qué habría sido de esa casa y de esa puerta si él y su familia no se hubieran cruzado con ella. Sí, será imposible no acordarme de él cada vez que pase junto a esa puerta salvada de la modernidad. Hoy hemos recordado a Ricardo en antena volviendo a leer el magnífico texto que su hija Susana compartió por aquí y en el que describía su llegada a Valdivielso.
EL DIA QUE DESCUBRIMOS ARROYO
Mi padre y yo viajábamos en coche acompañados por un agente inmobiliario de Villarcayo. Habíamos visto ya varias casas y varias aldeas pero ninguna nos había convencido. El agente tomó la carretera que lleva a Logroño y nosotros, sin tener muy claro qué nos esperaba, nos dedicamos a observar el paisaje por la ventanilla. Pasamos Villalaín y su polvo gris. A medida que el automóvil avanzaba nos dábamos cuenta de que el entorno se mostraba más agreste, tan poderoso que nos iba atrapando. Creo que al atravesar el Desfiladero de los Hocinos nos quedamos mudos, contemplando aquella maravilla de la naturaleza que la vista nos regalaba. Las montañas y sus peñas protegían como en un abrazo al río Ebro, que venía cargado de agua, y que parecía peinado por una frondosa vegetación. Del cauce sobresalían a ratos, grandes rocas, como islas del tesoro en miniatura o esculturas anónimas sobre las que tropezaba el flujo del agua. Atravesamos el puente y nos quedamos atónitos: allí estábamos, en medio del Ebro, sobrecogidos por la magnitud de un entorno que nos hacía sentir pequeños y dichosos a la vez.
El paisaje empezó a abrirse, poco a poco, hasta descubrir un valle amplio, bien trazado, de vegetación variada. Bajo un cielo azul que aquel día resultaba espléndido, tan apreciado por las gentes de las tierras vascas, llegamos a Quintana, y de ahí a Puente Arenas, mientras la belleza del valle de Valdivielso nos iba seduciendo de forma irremediable. Tierras llanas atravesadas por el ancho Ebro, al abrigo de montes imponentes, pueblos pequeños, rigurosos, que guardaban la esencia de una España rural y pura.
El agente inmobiliario no era muy hablador, tal vez consciente del efecto que aquella naturaleza vigorosa ejercía sobre nosotros. A la izquierda pudimos ver la Iglesia Románica de San Pedro de Tejada, y recordé mis clases de historia del arte, cuando estudiábamos la arquitectura románica a través de diapositivas. Entonces comprendí el entusiasmo de mi maestra al comentar las características de aquellas construcciones de piedra con siglos de antigüedad. Se me antojó San Pedro de Tejada una caja de bombones, un cofre mágico de la historia, un frasco de diseño perfecto que guardaba la esencia de toda una época.
Seguimos el cauce del río y la llanada se abrió para nosotros, exhibiendo con orgullo sus fecundos huertos, trabajados por hombres y mujeres del campo, por los que se quedaron y por los que volvieron de una emigración impuesta por las circunstancias. Y llegaron los frutales, los cerezos, los ciruelos, los melocotoneros, que engalanaban el valle con sus ramas florecidas, alegrando el paisaje, dando una alegre bienvenida al viajero. Atravesamos Quecedo y dejamos a la derecha su iglesia imponente, alejada del pueblo, e imaginé que alrededor de la misma se reuniría la gente para celebrar alguna fiesta, para merendar a la sombra, a la salida de misa.
El coche avanzó un poco más y entonces la simbiosis perfecta entre naturaleza y obra del hombre se nos presentó de golpe. Allí estaba Arroyo de Valdivielso, una aldea trazada en una sola línea, cuyas casas, desde lo lejos, parecían avanzar en silencio hacia aquellas paredes perfectas que son sus montañas, coronadas de rocas y vestidas de boj y otros arbustos, sobre las que volaban, majestuosamente, nobles aves rapaces. Conmovidos, ascendimos la cuesta de la Virgen, una calle estrecha por cuyos márgenes discurrían ordenadamente las casas lugareñas, de escasa altura, algunas de noble porte. La Iglesia nos recibió a medio camino, estratégicamente situada a media distancia de los extremos del pueblo, como lugar no solo de oración sino también de encuentro. Ascendimos un poco más hasta que el auto paró. Nos apeamos y al hacerlo escuchamos música, era la armonía del agua al correr por el canal que atraviesa el pueblo. Arrullados por el sonido, la voz del agente inmobiliario nos despertó de la ensoñación.
-Esta es –nos dijo, señalando una casa de ilustre fachada y portón recio.
Mi padre y yo nos miramos sin decir nada, con una emoción contenida que ambos adivinábamos en el otro, y luego dirigimos la vista a la casa. A ambos lados de la puerta se alzaban dos columnas, como dos brazos que quisieran acogernos, que nos reclamaban, que nos pedían a gritos que la adoptáramos. Estaba un poco deteriorada, injustamente abandonada; no había sido construida siglos atrás para dormitar en soledad. Sin decirnos una palabra, yo sabía que mi padre sentía lo mismo que yo; era la casa. Había estado esperándonos todo ese tiempo y, de alguna manera, quizás a través del aire o de los susurros nocturnos, nos había llamado. Entramos a la planta baja. Oscura, sin habilitar, destinada a establo, casi se podía oír a la gallinas ponedoras que en su tiempo habitaron la estancia. Un olor a adobe o barro mojado y cereal impregnaba el suelo y la pared.
-Es mucha obra- le dijo el honrado agente inmobiliario a mi padre, preocupado por que no supiéramos en qué lío nos íbamos a meter.
-No es para tanto –mi padre ya había tomado una decisión. Fuera mucha o poca la obra que hubiera que acometer, la casa le estaba destinada.
Recurrimos las estancias, acrecentando en nuestro interior la emoción por esa amistad que nacía de un flechazo de amor. Todavía incrédulos salimos a la luz y nos dimos un pequeño paseo por el pueblo, hasta la zona más elevada. Nos topamos con una vecina, una mujer que a mi me pareció muy bella, Alicia, quien nos recibió con una sonrisa y nos mostró su hospitalidad. La aldea estaba cuidada, las gentes que la vivían, aunque solo fuera por temporadas, mimaban sus fachadas, sus huertos y sus calles. En el extremo superior del pueblo los montes parecían abalanzarse sobre nosotros, tal era su cercanía. Entre dos inmensas paredes de roca discurría el arroyo, formando un desfiladero, una hoz estrecha por la que desde abajo parecía imposible pasar. El riachuelo crecía a ratos, saltando juguetón entre las rocas y cuando se fatigaba descansaba un poco, formando pozas profundas y mansas donde los chiquillos de bañaban en verano.
Embriagados por todo lo que habíamos visto, regresamos a Villarcayo sin cerrar todavía el trato. Comimos en El Cid, llamamos a mi madre, que se había quedado en Getxo al cuidado de la amama, y al otro lado del teléfono, movida por su propio instinto dijo:
-Cómprala.
La compraron, la rehabilitamos con mucho esfuerzo guardando su esencia (la casa no nos hubiera perdonado abandonar su carácter), la vivimos y la mimamos. La casa de las dos columnas es muy agradecida.
Susana Lopez Perez