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No te muevas de ahí, que ahora vengo…
… y me quedaba siempre en el mismo banco mientras que un silencio sepulcral enterraba las palabras de mi madre y la penumbra de piedra se tragaba de golpe su figura. Fue una de esas veces cuando escuché una música apacible y suave que rompió de un tajo el profundo silencio. Venciendo al tremendo miedo que aquel sitio me hacía sentir empecé a caminar hacia ella, hacia la música. Lentamente recorrí un lado, luego el otro y fue al llegar frente un gran arco que descubrí a una mujer de edad imposible que con los ojos cerrados miraba hacia el cielo tocando un violín. De repente se quedó quieta y el silencio regresó. Bajó sus brazos y abrió los ojos. Los tenía tan claros que a mí se me antojaron vacíos…
En ese instante la voz de mi madre acudió en mi auxilio.