El rey David sabía lo que era una noche de inquietud. Mientras huía de su hijo Absalón, que quería arrebatarle el trono, sintió que diez millares de gente lo sitiaban y se lamentó: Oh, Señor, cuánto se han multiplicado mis adversarios. Aunque el temor y la duda podrían haber triunfado, clamó a Dios, su escudo, y luego pudo decir: Me acosté y dormí... por que el Señor me sustentaba. Salmo 3:5