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El rey, en su avaricia, había apresado y encarcelado a Háyarat Saheb, a quien todo el pueblo veneraba y reverenciaba como hombre de Dios y profeta de su pueblo, e hizo saber que no lo pondría en libertad hasta que el pueblo no pagase una muy elevada cantidad de dinero por su rescate. Una manera un poco primitiva y salvaje de cobrar impuestos. El rey sabía que el pueblo veneraba al santo y pagaría.

Pagaron mucho, en efecto, pero la cantidad recaudada no llegaba aún a lo estipulado. Una viejecita de un pueblo lejano se enteró también de lo que sucedía y quiso contribuir en su pobreza. Era hilandera, y todo su capital en aquel momento eran cinco madejas recién hiladas. Las tomó y se encaminó al palacio a entregarlas para el rescate.

Los pobladores, al verla pasar, se contaban unos a otros su caso y no podían menos que sonreír ante la ingenuidad de su gesto y la inutilidad de su esfuerzo. ¿Qué valían cinco madejas de hilo en un rescate de millones? Algunos, incluso, se lo decían a la cara y la disuadían de su empeño.

Pero ella seguía su camino y contestaba:

—No sé si pondrán en libertad a Háyarat Saheb o no. Lo único que pretendo es que, cuando Dios en su juicio me pregunte qué hice yo cuando Háyarat Saheb estaba en la cárcel, no tenga yo que bajar los ojos avergonzada. Y presentó su ofrenda.

El rey, a cuyos oídos había llegado ya su historia, liberó al hombre de Dios.

Sabemos que el alma de la humanidad está en la cárcel. ¿Cuándo nos pondremos en camino con nuestras cinco madejas?