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Cuentan que hubo un rey que decidió favorecer a su reino, eliminando todos los impuestos que esclavizaban a la gente humilde. Decidió que los gastos del reino se pagarían con la sencilla aportación de una cántara del mejor vino de la cosecha de cada familia, que se vaciaría en un gran tonel, y del fruto de la venta de aquel excelente caldo, se obtendría el dinero necesario para los gastos de la corona. Los ciudadanos llenos de gozo aceptaron la propuesta de su soberano y llegado el momento de la vendimia, todos acudieron a palacio con su pequeño tributo.
Cuando se hubo llenado el tino, nuestro monarca pidió degustar una muestra de aquel néctar, de incalculable valor y brindar por su pueblo… pero cuál sería su sorpresa al comprobar que la copa que le sirvieron sabía a agua. ¿Cuál era el motivo de aquel escándalo? ¡Todo el inmenso tonel estaba lleno de agua! ¿Tal vez algún embrujo de algún miserable hechicero?
Trajeron a su presencia a Juan, uno de los mejores cosecheros del reino y le preguntaron por su opinión sobre lo sucedido. Nuestro Juan, desconcertado y sorprendido, entre lágrimas, respondió: “Mi señor, disculpad mi atrevimiento; esta mañana, al elegir el tributo de vino que nos exigías, pensé que ante tanta inmensidad de litros recogidos, ¿quién iba a notar una mísera cántara de agua? … ¡lo que nunca llegué a imaginar fue que ese mismo pensamiento se le ocurriera a todo el pueblo!”