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Definitivamente, el microcosmos de las redes sociales me parece más insignificante a cada día que pasa. Y no lo es, sirve para mucho en algunas ocasiones y consigue hacer recapacitar, reaccionar o enderezar conductas, atropellos o tropelías. Pero es insignificante, es una falacia, una quimera, una entelequia. Es irreal e ilusorio y cada vez más aburrido. Fotos de viajes, proezas de los vástagos, autobombo, opiniones no pedidas… esta semana la gran polémica, en mi microcosmos, claro, ha sido el anuncio de Mahou en el que un grupo llamado los Desleales reciben en concepto de caché 6.000 botellines lo que les lleva a actuar no sé cuantas veces durante cuántos años en el bar que ha encontrado tan ocurrente manera de pagarles. ¿De verdad merece la indignación de todo un sector esta historia que, además, es real? ¿No son libres los músicos, como cualquier otro creador, de ponerle el precio que quiera a su obra o su trabajo. ¿Cuándo perdimos el sentido del humor? Parece que, no obstante, la queja virtual ha provocado la retirada del anuncio. Gran victoria del colectivo de la música, ojalá fuera ese su mayor problema y, ojalá, dando al me gusta o a la carita de enojo, se pudiera solucionar cualquier problema.