¿Te has fijado en que vivimos con prisas incluso cuando no hace falta? Pasamos el día corriendo de una cosa a otra, con la sensación de que siempre vamos tarde… aunque tengamos tiempo. Y lo más triste es que, en ese modo automático, dejamos de ver lo que tenemos delante: una taza de café caliente, la luz que entra por la ventana, el silencio de la mañana, o incluso nuestra propia respiración.