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El título es horrible. Es una mezcla de Chiquito de la Calzada e historia de la química antigua que no casa bien. Quizá por eso lo hayamos elegido. El caso es que en el programa de esta semana queremos abordar cómo la ciencia ha transitado por caminos en los que no faltaron momentos en los que se defendieron ideas más propias del dominio de la fe que del escrutinio metódico. La sed de conocimiento, a veces, resultó un cóctel peligroso cuando se mezcló con una pizca de dogmatismo y una buena dosis de imaginación desenfrenada.

Durante siglos, teorías que hoy consideramos disparatadas se defendieron con un fervor casi religioso. La teoría de los cuatro humores, por ejemplo, dominó la medicina occidental desde Hipócrates hasta bien entrada la modernidad, sosteniendo que la salud dependía de equilibrar bilis negra, bilis amarilla, flema y sangre. Por más que los pacientes empeoraran con las sangrías y purgas que se les aplicaban, la teoría se mantenía firme, respaldada simplemente por la autoridad de la tradición, que incapacitaba a quien pretendiera cuestionar lo establecido.

Incluso ya en plena era de la revolución científica, el método empírico sufrió algunos deslices. Tal es el caso del flogisto, una teoría que dominó la química del siglo XVIII y que, pese a su obvia falta de fundamento experimental, reinó durante décadas en los círculos científicos. ¿Qué era exactamente el flogisto, y cómo una idea tan descabellada logró encandilar a algunos de los mejores intelectos de su tiempo? Para descubrirlo, tendrás que escuchar el programa, porque desentrañamos este curioso desliz de la historia de la ciencia.

Es de justicia reconocer la utilidad de estos errores o deslices. La ciencia avanza a través del ensayo, el error y, como sucedió con el flogisto, el tropiezo. Cada teoría descartada, cada experimento fallido, representa un peldaño en la larga escalera del conocimiento. ¡Qué bonito!