Listen

Description

La personalidad, ese concepto que alguna vez pareció sólido, hoy se disuelve entre pantallas,
etiquetas y algoritmos. En tiempos antiguos, el individuo se formaba en el silencio, en la repetición
de gestos heredados, en la mirada directa del otro. No había necesidad de definirse constantemente,
porque el ser era una consecuencia natural del estar. Se vivía sin la urgencia de ser único, sin la
presión de destacar. La identidad se tejía lentamente, como una prenda que se usaba toda la vida.
Ahora, sin embargo, cada día parece exigir una nueva versión de nosotros mismos. Somos lo que
consumimos, lo que compartimos, lo que imitamos. Influencers, tribus urbanas, diagnósticos,
modas, ideologías: todos nos ofrecen una personalidad prefabricada, una máscara que encaja en el
sistema. Y nosotros, hambrientos de pertenencia, la aceptamos. ¿Dónde queda entonces el yo
auténtico? ¿Existe aún esa voz interna que no ha sido contaminada por el ruido?
La hiperestimulación nos ha convertido en espejos rotos. Cada fragmento refleja una parte de lo que
creemos ser, pero ninguno muestra el rostro completo. Nos definimos por lo que vemos, por lo que
nos dicen que somos, por lo que el entorno espera. La personalidad ya no se cultiva, se descarga. Se
adapta a la tendencia, se valida por la mirada ajena. Y en ese proceso, algo esencial se pierde: la
capacidad de escucharse a uno mismo sin interferencias.
Incluso la enfermedad mental, como la depresión clínica, se convierte en una etiqueta más. ¿Es la
tristeza profunda una distorsión del yo o una revelación? ¿Nos define el dolor o lo que hacemos con
él? En medio de la oscuridad, hay quienes aún sienten que algo permanece: una chispa, un recuerdo,
una intuición de lo que fueron antes del abismo. La enfermedad no borra la personalidad, pero la
obliga a enfrentarse a sus límites. Y en ese enfrentamiento, a veces, se revela una verdad más cruda
que cualquier diagnóstico.
La empatía también ha cambiado. Antes era un vínculo directo, una resonancia entre cuerpos
presentes. Hoy es una reacción mediada por pantallas, una emoción que se activa por imágenes
lejanas pero se apaga ante el sufrimiento cercano. Nos hemos vuelto expertos en sentir por lo que no
nos toca, pero indiferentes ante lo que nos rodea. El entorno ya no es un espacio compartido, sino
un decorado donde cada uno actúa su papel. Y en ese teatro, la personalidad se convierte en guion,
no en experiencia.
El Estado, mientras tanto, observa. No con violencia explícita, sino con una sutileza que asusta. Nos
educa, nos entretiene, nos vigila. Nos dice qué es normal, qué es deseable, qué es posible. Nos
convierte en piezas funcionales, en ciudadanos obedientes, en consumidores previsibles. La
personalidad se vuelve útil, moldeada para encajar. Y nosotros, dormidos, confundimos libertad con
elección entre productos.
Pero no es sólo vigilancia. Es diseño. El Estado moderno ya no necesita imponer, porque ha
aprendido a seducir. Nos ofrece comodidad, seguridad, entretenimiento, y a cambio exige
conformidad. Nos anestesia con burocracia, nos distrae con espectáculos, nos domestica con miedo.
La educación pública no enseña a pensar, enseña a repetir. Los medios no informan, alinean. La ley
no protege, delimita. Y en ese entramado, la personalidad se reduce a una función: ser productivo,
ser dócil, ser rentable.
Incluso la rebeldía está prevista. El sistema permite pequeñas disidencias, siempre que no
cuestionen su estructura. Puedes tatuarte el rostro, gritar en redes, marchar por causas, siempre que
vuelvas al trabajo el lunes. La personalidad contestataria se convierte en estética, en mercancía. El
Estado no teme al grito, teme al silencio que piensa. Por eso nos mantiene ocupados, estimulados,
divididos. Porque un individuo que se detiene, que se pregunta, que se niega, es un peligro.
Y así, poco a poco, nos convertimos en siervos dormidos. No por imposición, sino por comodidad.
Preferimos la ilusión de libertad a la incomodidad de la verdad. Nos dejamos definir por
formularios, por algoritmos, por diagnósticos. El Estado nos ofrece identidad empaquetada, y
nosotros la aceptamos con gratitud. Porque pensar duele, y ser uno mismo exige una valentía que
pocos están dispuestos a ejercer.
Pero hay quienes despiertan. No con gritos, sino con preguntas. No con rabia, sino con lucidez. Son
los que se niegan a ser moldeados, los que entienden que la personalidad no es una función del
sistema, sino una forma de resistencia. Son los que recuerdan que ser uno mismo no es un
privilegio, sino una responsabilidad. Y en ese acto silencioso, en esa decisión íntima, comienza la
verdadera revolución.
Porque si hay una herramienta que ha sobrevivido a todos los sistemas, a todos los Estados, a todas
las formas de opresión, es la filosofía. No como disciplina académica, sino como impulso vital. La
filosofía no busca respuestas cómodas, sino preguntas incómodas. No ofrece consuelo, sino
confrontación. Es el arte de pensar contra el mundo, de mirar lo establecido y decir: “¿por qué?”. Es
el ejercicio radical de la libertad.
La filosofía nos recuerda que no estamos obligados a aceptar lo dado, que podemos desmontar las
estructuras que nos aprisionan, que podemos imaginar otras formas de ser, de vivir, de
relacionarnos. Nos enseña que la verdad no está en los manuales, ni en los discursos oficiales, ni en
los algoritmos, sino en la experiencia reflexiva del individuo que se atreve a pensar por sí mismo.
Y por eso, mientras haya alguien que se pregunte quién es, mientras haya alguien que dude, que
cuestione, que se incomode, la filosofía seguirá viva. Como llama que no se apaga, como grieta en
el muro, como promesa de que aún es posible ser libre.