Hacia finales del siglo XVII comenzó a efectuarse una distinción generalmente reconocida entre música de cámara y música orquestal, es decir, entre música para conjunto con un solo instrumento que ejecuta cada voz y música para conjunto en la que más de un instrumento toca una misma parte.
Los teatros de ópera mantenían orquestas; en consecuencia la obertura operística, tanto en Italia como en Francia, así como las numerosas danzas que formaban parte indispensable de la opera francesa, se concebían siempre como música específicamente orquestal y se escribía en un estilo adecuado más bien a la ejecución orquestal que la camerística. La orquesta más famosa de Europa, era la de la Ópera de París, que bajo el severo régimen de Lully llego a una altura de perfección técnica hasta entonces desconocida para un grupo tan grande de ejecutantes instrumentales.