Listen

Description

Pedro Herrero realiza una de sus críticas más duras a la comunicación política contemporánea, centrada en la deriva hacia el victimismo infantil, el macarrismo estético y la ausencia total de responsabilidad pública.

Pedro arranca rechazando explícitamente el insulto fácil, especialmente el ataque físico o la animalización del adversario. No por corrección política, sino porque ese camino —dice— empobrece el análisis y refuerza exactamente el marco que el poder quiere activar: el del “me atacan, soy la víctima”. Insultar es regalar el partido.

A partir de ahí introduce una crítica de fondo a lo que define como la estética del macarra-niñato: dirigentes que provocan, se chulean, buscan el choque y, cuando llega la reacción, lloran y se presentan como perseguidos. Un marco emocional que, según Pedro, revela un grave problema en la educación emocional de cierta izquierda española, incapaz de asumir consecuencias sin recurrir al llanto moral.

El análisis se centra en la figura de Óscar Puente, no desde el insulto personal, sino como caso de estudio comunicativo. Pedro desmonta la estrategia de recopilar insultos recibidos, presentarse como atacado y exigir empatía, mientras se elude cualquier rendición de cuentas por hechos objetivos, decisiones políticas o responsabilidades institucionales.

En ese punto aparece la historia real de “Boquito”, un orangután en un zoo alemán, utilizada como metáfora central del bloque. La fábula sirve para explicar cómo la provocación constante, la falta de límites y la negación de la realidad terminan despertando una reacción inevitable. No por maldad, sino porque todo sistema —humano o animal— tiene un umbral.

Pedro conecta esta metáfora con el presente político: cuando el poder juega a la seducción narcisista, al zasca permanente y al “mírame qué guapo soy”, acaba perdiendo contacto con la realidad. Y cuando además se niega a aceptar errores graves, el problema deja de ser individual y se convierte en una crisis del sistema democrático y de su comunicación.

El tramo final es especialmente contundente: si tras una semana política marcada por muertes, caos y mala gestión no hay consecuencias, entonces lo que se está rompiendo no es una carrera personal, sino la credibilidad del sistema liberal. Pedro recuerda el precedente del COVID y advierte de un patrón peligroso: negar, minimizar, teatralizar y seguir adelante como si nada.

La conclusión es clara y muy CB:
el poder que se hace la víctima, que provoca y luego llora, no gobierna: actúa.
Y cuando la política se convierte en interpretación permanente, la realidad acaba pasando factura.