En la vasta y fría arquitectura de Internet, donde cada clic es un paso en un laberinto de soledades interconectadas, el amor promete esconderse tras el perfil perfecto. Un algoritmo calcula compatibilidades, una foto filtrada vende una sonrisa, una biografía ingeniosa ofrece la ilusión de una personalidad completa. Nos creemos arquitectos de nuestro propio destino romántico, curando con el dedo el catálogo infinito de almas disponibles. Pero a veces… a veces, la conexión no llega por el camino principal, iluminado y promocionado. Surge de la trastienda digital, en un rincón olvidado donde la máscara se resquebraja y lo auténtico asoma por pura casualidad. A veces, el amor… o su sombra… te encuentra jugando al parchís.