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Por Pablo Callejón

Cada vez peor, con altibajos, algunos años de alivio y otras décadas donde todo volaba por los aires. Tiempos en los que se perdió calidad de vida, el acceso a bienes indispensables, servicios básicos y la cena caliente de cada día. Nos endeudaron por nada. Nos endeudamos por otros. El sistema sostuvo a los vencedores y aplastó a los vencidos. Las crisis incrementaron la pobreza y profundizaron la brecha con los más ricos. La historia no solo describió el desenlace. Hubo un principio, especialmente uno, que anticipó los peores finales. Hasta 1974 había otro país. Ese año, el desempleo alcanzó el mínimo histórico del 2,7 por ciento y la informalidad apenas rozaba los 10 puntos. Tras la implementación del plan económico de Martínez de Hoz, la pobreza llegó al 21 por ciento sobre el final de la Dictadura y un 9 por ciento de los trabajadores se encontraban desempleados. Se habían sentado las bases para lo que vendría y ya no sería necesario golpear la puerta de los cuarteles. Algunos aún añoran la Argentina “potencia” de principios del siglo XX. Aquel era un país profundamente desigual. La ciudad y la provincia de Buenos Aires concentraban más del 50 por ciento del PBI. Todas las miradas enfocaban al puerto. La inequidad se consolidaba ......