Listen

Description

A Nora la mataron tantas veces como pudieron. Solo faltaba la muerte definitiva de la impunidad.
Para la Justicia cordobesa una mujer puede ser víctima del crimen perfecto. Un asesino puede ingresar a su casa, ahorcarla con el cinto de su propia bata y huir en una noche de lluvia sin más testigos que la pasividad de un barrio de costosas casonas. Ese día pueden fallar las cámaras de seguridad y un día después, un agente policial puede almorzar sobre la mesa en donde hallaron el último mensaje de papel que le escribió su amiga Polly. Pueden ingresar un cura a dar su bendición sobre el cadáver desnudo y puede un jefe de Policía responder las preguntas del viajero imprevisto que luego sería vocero del viudo. Todo se puede. Inventar amantes y corridas frente a Tribunales. Se puede imputar en grado de sospecha leve por una operación política y tener a dos acusados que habrían asesinado de modo diferente a la misma mujer. Se puede acusar a un joven por su condición sexual y a un pintor por su condición social. Se puede obtener ADN de la escena del crimen y desestimarlo. También se puede imputar al viudo de asesinar a Nora o de mandar a matarla. Parece extraño, pero todo, absolutamente todo, se puede. Incluso un juicio para que señores y señoras desfilen por una misma sala de audiencias para hablar cómo parroquianos de una reunión social sobre rumores, pase de facturas y trapitos al sol. Se puede ser fiscal sin tener la más mínima convicción sobre la acusación y se puede llorar por una absolución, sin haber derramado lágrimas por la víctima.
La última muerte de Nora quedó demasiado lejos de aquella primera muerte. La mataron por ser mujer, por su carácter decidido, por elegir amar. Fueron muertes lentas, por más de 15 años. A Nora la mataron los que hablaron de ella, quienes encubrieron y quienes lo ocultaron todo. Y hubo un primer asesino. El que ingresó en aquella habitación de la planta alta y limpió sus manos sobre las hojas de un expedien