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Siempre estoy fuera de lugar,
es que vivo acorazado de los colectivos
porque me molestan los significados
y aquellos sujetos subversivos
que mienten desde el principio
a sabiendas de estar ejerciendo cierta influencia
en aquellos que como yo, huyen del abuso constante,
del amor sin amar, del dolor de los demás sin dolerse,
del hambre cuando tienen la mesa puesta,
del sol cuando se refleja en ellos sus malas intenciones
solo porque se ven más sociables, más hipócritas,
más oscuros, y de dentro afuera menos humanos.

Siempre he de ponerme una máscara
para ocultar la lava que hierve y que gotea lentamente
pequeños cilicios que obligan a permanecer despierto,
sonriente como cualquier mimo en plena obra de la vida.

He de aislarme a pierna suelta para que no me descubran,
limpiar los nudillos de la lucha y blindar al mar
para que el duelo no sea la llamada a esa ganancia
que se pega a los costados de la esperanza que se pierde en sus orillas,
del horizonte lejano, efímero, imposible, que promete el descanso con un beso.

Siempre escondo lo que es mío
porque mi intimidad me pertenece,
mis nubes y mis cielos, mi tierra y mis infiernos,
mi aliento y hasta mis trampas llegan a ser
del dominio del silencio.

Me tiendo en el suelo y me invento un mundo más despierto
donde todo huya de reyertas, donde acampen juntas
las aves y los gusanos, donde no existan los gallos de pelea,
donde duerma un niño al calor de la axila de un león.

Allá donde miles de espuelas se conviertan en un prado de amapolas
y la guerra solo se lea en los tebeos igual que cuando éramos niños.

Soñar solo en remansos, solo en amarnos,
como en los cuentos que me contaba mi madre.

Chema Muñoz©