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CULEBRAS DE CALLEJÓN.
Anduve saltándome colmenas
y huyendo de las mieles que daban los cuadernos,
estuve rompiéndome las manos y llorándome esquinas
ocultándome sin tregua al vicio de los cuartos.

Los pestillos de puertas desnudos, por ocultos
los actos que albergaban malvadas consecuencias,
y sorpresas a infantes si saltaban murallas
castigados de hambre hasta llegar la noche.

Anduve creído, inocente de la paz que se vende
en retablos de blanco, en altares de mármol,
con cantos gregorianos por música de ambiente.

Y me dolió esa gente que entregan corazones,
y que ponen limosna en las cestas de mimbre
que nunca cogen ellos, ellos sí, ellos, los que entregan cenizas
y rezan los cadáveres ungiendo santos oleos y riendo al crepúsculo.

Los que ponen collares como las celestinas y dan calcomanías
como oración al viento colgándose el derecho de ser los propietarios
de parcelas de cielo, y te venden el bien en cuartillas pintadas
de paginas en negro y dan colores múltiples a esas claraboyas
que coronan el techo de sus grandes palacios.

Los que no sueltan prenda, ni mendrugo de pan a quien lo necesita,
sepulcros blanqueados de ciénagas proscritas entre el cielo y averno,
los que nunca critican a quien surte su cueva de alimento,
conflicto de maldades, y cobijan el mal montado en sus corceles,
y se visten de negro como si el blanco fuera enemigo del alma.

A esos que caciques se creen en un mundo de amor
donde venden por nada sacramentos que son regalados por Dios
sin tasa ni deseo de ministro que medie por un precio estipulado.
Anduve sin meta ni equilibrio ni saldo
a sabiendas que un día cobraría lo sufrido
y que alguien pagará las culebras que viven entre sus callejones.
Chema Muñoz©