DESDE LAS ATALAYAS
¿Cómo es posible saberse despierto en un mar de cadáveres,
en un rio de piedras, seco con melenas de sauces gritando?
¿Cómo es posible ser chamán en la tribu de ineptos
donde lucho y pervivo cada día que nace envuelto entre tinieblas?
Ni los leones se duermen cuando llega la noche por temor a la luna,
sólo hienas transitan penumbras, detienen el paso de todo aquél
que irrumpe en mesa de carroña.
Hay que cubrirse la espalda por los chorros de oro
que prometen arder en nuestra retaguardia
entre tanto vigilan desde las atalayas.
Se orquestan las alturas para caerte encima
cual bandada de buitres, pendiente de la parca,
se sirve en las cuevas la ganancia obtenida
y que no los descubran repartiendo planetas
y sillones de mármol, jugando a ser profetas
desconociendo a Dios.
Jamás me había latido el alma tan veloz
ni se había apagado al silencio y al júbilo en pozos de tristeza.
No es lo mío callar, ni agachar la cabeza,
más bien reventar en mis profundidades
desde la paz que ostentan la gacela y el alce desde los espejismos.
Esa tierna esperanza que cae en nuestros hombros
hay que ganarla a aquellos que destrozan las mieses,
que derrumban las cumbres, y que usan las palabras
para echarlas a hogueras, destruir los cimientos logrados
con dolor sin dolerse siquiera por aquellos que llevan su misma sangre,
y cosechan el hambre en lugar de alegrías.
Que vivan en mazmorras el tiempo que les queda,
que les llueva el azufre, que se vuelvan estatuas,
que les pongan grilletes, pues no quedan lugares
para tanta amargura.
¡Que les pongan por fin el rejón de la muerte!
Chema Muñoz©