LAS FUENTES SECAS
Una aldaba con forma de caballo
avisa de la mano que la empuña,
y del hielo que ha tocado, mucho antes
de atizar las puertas reclamadas
del aliento que urge ser sepulcro.
Los esbirros del mal son de rendijas
rebuscando salidas a lo eterno,
corresponde pues cerrar los pasadizos,
las troneras y los baluartes en armarios
que son constelaciones.
Han de lavarse las manos
quienes los toquen y espulgar
los vientos que respiran,
ya que al nacer se traen
de sus mundos las esquirlas
infectas que amenazan
los ombligos que adoran,
los pezones que maman,
las lenguas que envenenan
del ayer y al presente.
Mis venas se van muy a menudo
a romper alpargatas andarinas
por caminos y plazas, por estanques
que hieren a muerte desde antaño.
Las plazas fueron cementerios
mucho antes, las rosas cambiaron
a un tono casi negro, barridas
por las ruedas de los carros
que cargaban las pestañas de los muertos.
Tiempos de entonces de ruina,
de piojos, hambre y de duelo,
donde las lágrimas vivían en la ausencia
los incendios corrían por las calles
y no existían entonces bomberos ni pañuelos.
Sólo la herrumbre, los pozos interiores,
la distancia a las nubes y un pedazo de todo
huyendo por el aire flotando en el ambiente,
cuando los pájaros, las olas y los perros
salían airosos, las fuentes secas,
las bocas mustias, y el alma huida,
exiliada de los rostros.
Una piedra de sal en la tormenta
haría cojear hasta a los dioses,
¿quien hubiera sido en un lamento?,
acaso una sonrisa, quizás la ternura,
acaso un pensamiento, un vientre,
un sueño, una palabra, un beso en el bolsillo,
o ser acaso esa bombilla rota
que ilumina el recuerdo, o acaso haber sido
tan solo su filamento.
Chema Muñoz©