MUERTO POR LA PUERTA GRANDE
NO existe nadie que sepa más de la oscuridad que la muerte,
ella es la que la abraza hasta los fines del tiempo
esa soledad dormida, obsesiva, fría, inerte,
que resbala y se desliza en silencio, por caminos que te roban
la tersura de los labios, la mirada de los ojos, la suavidad de la piel,
la palabra, la esperanza, la memoria del ayer que ya yerto es ausencia
de los patios que corriste, de los juegos que jugaste, de las bocas que te
dieron el amor llegando al alba, de las risas que perdiste
por no robar los momentos conservando ese caudal que al nacer trajo a
ese instante de tu nacer el aliento.
Son dos polos, vida y muerte, esos polos tan opuestos,
Uno es el primer regalo, el otro, es la deuda que contraes
por disfrutar de este mundo que se paga cuando se cae el telón
como el crespón de un sombrero, como se duerme a la tarde
esa tenue luz del sol, como un infalible sueño donde lloras de tristeza
siendo tú el actor primero de la obra de tu vida, en ese acto postrero,
terminando en un segundo nuestro último bostezo.
Ya no es bonito un entierro si al terminarse la obra si es de Shakespeare y
y has sido tú un personaje, primer actor, figurante, tramoyista o
simplemente el brebaje.
Al final son los críticos taurinos en tu ultima faena
los reyes que te elevan a los cielos, o te sumergen ya muerto
en la última jornada, cuando sufren los toreros yendo por la puerta grande,
mientras se pierde la vida por la alegría de la fiesta,
ocultándose el dolor de una cornada de muerte oculta tras de esa puerta.
Chema Muñoz©