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No es que no quiera quererte
es que quiero hasta la muerte
que te reviente el abdomen
y riegues desde tu adentro
todos los acantilados
que nos sirven de murallas,
y que te cambie ese aspecto
el abolengo, el respeto con que debes de vivir
si te mezclas con la tierra
y con sus locos de azar,
que te amanezca la risa
y que aprendas a rezar
a la luna, a las nubes,
al sol, y a la tristeza,
que se te coman las manos
desde las diez mil caricias
que le debieras de dar a cada hora que vives,
al segundo que respiras, al palpito de los ojos
con que mira el corazón al acto de amanecerte
desde la tarde a las ascuas que se encienden al nacerse
la voz primera del hijo, los agujeros vacíos,
el grito que da el adiós cuando se nos va el aliento,
los azotes, el almíbar de tus besos,
y esa mirada tuya de extrañeza,
la que me pones tu siempre en esos amaneceres en tu piel
y en el proceso de amarte
cada vez que te sugieres.
No es que no quiera quererte
es que te querré por siempre porque viniste conmigo
cuando rompieron mi estirpe y me dejaron aquí,
desnudo, en la aldea del comienzo, donde te enseñan a amar el aire,
la arquitectura de cada rama de un árbol,
los alacranes, los anatemas, el anverso y el reverso
de cada palabra herida, esa atmósfera agresiva
que circunda la maldad, el azúcar de los juncos
que alfombran cañaverales,
los inviernos, las montañas y la arena de los mares,
y algo del amor, del amarme, del te amo,
ese amor antagonista ese amor tan aberrante
como me son las antípodas cuando no quieres quedarte.

No es que no quiera quererte
es que se te necesita para respirar el aire,
para volar con el alma como vuelan con su canto
los serafines, los ángeles,
como no voy a quererte si a la libertad se extraña
desde el momento que naces.

Chema Muñoz©