Yo venía de espirales y de piedras escritas
envuelto entre las pieles y el recuerdo del frío,
urdiendo entristecido, restándole equinoccios
al tiempo que nos resta para nacer de nuevo.
.
Y andaba entre erupciones de volcanes dormidos
que gritaban al cielo exhalando espejismos
al ritmo de escenarios de desiertos,
de un entorno de ensueño.
.
Venía sobre lomos de elefantes de ébano
cubiertos de la niebla que resbala a los valles,
como en los toboganes, entre el blanco de nieve
y el verde en equilibrio de laderas de enaguas,
de caderas de tierra, siéndome los escudos
que cubren las montañas, rocas en escondrijos
con colores de eclipse contándome epopeyas,
y la grama a mis pies, sirviéndose a mis huellas
para dejar constancia de mi paso en la espuma
que retoza de lluvias al besar mi cabeza.
.
Me iba de camino a empezarme de nuevo
bajo aquellas raíces sin epitafio alguno,
no miraba hacia atrás, porque tenía delante
la luz que se eterniza y que solo recuerdan
los que vuelven y cuentan efemérides,
cuentos de un más allá oculto a los profanos
de un espíritu incierto.
.
Acicalé mi esfinge de esbirro de la vida
olvidada hace tiempo, vestido de las ramas,
exponiéndome a un ciclo eunuco de evangelios,
enfermando la escarcha del roció en las esquinas
y cerrando por fin las puertas a mi espalda.
.
Que distante encontraban el cielo los secuaces
de aquellos que quisieron inventarse la historia
haciéndonos creer que fuimos la creación,
habiendo sido sólo una casualidad entre el agua
y el sol y una ameba rebelde que quiso respirar
fuera de su ermita, lejos de sus congéneres.
Chema Muñoz©