“Nos llevaríamos gran petardo, si fuéramos, como pretenden los ‘bizkaitarras’ y los catalanistas exaltados, a buscar en la etnografía o en la historia la causa fundamental del separatismo peninsular.
Se nos habla del espíritu catalán y del espíritu vascongado en contraposición al espíritu de Castilla. Semejante contraposición no existe, a menos que no emplacemos frente al espíritu agrícola, el industrial –y el industrialismo en cuanto no afecte a las tarifas arancelarias, es por esencia cosmopolita.
Se nos invoca la actitud de Cataluña en la guerra de sucesión y los pactos concertados en la Edad Media entre la Corona de Castilla y las provincias vascongadas. Yo pudiera disertar acerca de las glorias que unen a España con Cataluña y con Vasconia; sin gran esfuerzo redondearía algunos párrafos exhumando las cenizas de Prim, de Legazpi, de Oquendo y recordando las empresas en que los escudos euskaros y la bandera han combatido junto al pendón morado de Castilla.
Pero, ¿qué vale la historia? ¿Influyen las malandanzas de nuestros antepasados en la elección de Sabino Arana, ni en hecho alguno de nuestra vida contemporánea?...
Nadie puede pensar en serio que el auge del regionalismo ultrarradical provenga de históricas diferencias ni de odios seculares. No ha nacido el separatismo en Urgel ni en Azpeitia, sino en Barcelona, ciudad de población heterogénea, y en Bilbao, villa en que hace más de un siglo se ha olvidado el vascuence.
No desempolvaremos, en consecuencia, ningún legado para contender con los separatistas” (Maeztu, “El separatismo peninsular y la hegemonía vasco-catalana”, 1899).