Siempre escuché a mis abuelos hablar del cine, esa pantalla grande que los convertía en protagonistas de cada filme y los hacía llorar o reír con las historias. Me hablaban de las colas, los tickets de entrada, de las tandas que repetían una y otra vez hasta que el público decidiera contener los aplausos.
Hoy, cuando el distinguido cine Venus, otrora Averof arriba a sus 50 años de fundado, estos recuerdos me suscitan una sana envidia. Sí, porque mi generación no pudo vivir el esplendor del Séptimo Arte en Colón.