Para que el abuelo escuche el joven debe acercarse al oído y hablarle en voz alta, porque además de que con los años se difuminan los sentidos, el anciano trabajó durante toda su vida en una fábrica sin los medios de protección adecuados por lo que poco a poco su mundo se oía en tonos más bajos.
El muchacho le repite una y otra vez las palabras y luego dedica un tiempo para pensar en su futuro cuando quizás solo perciba silencios tras años de exponerse a una constante contaminación sonora. Una realidad que nos afecta de manera creciente y de la que somos además de responsables, víctimas.