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Deleuze o pensar la vida desde el Devenir...

Resumen del libro "El deseo" de Maite Larrauri y Max sobre la filosofía de Gilles Deleuze. Por Eva Palazón.

Creo que no hay mejor manera de empezar a penetrar el universo Deleuze que este librito maravilloso que escribió Maite Larrauri (como está en pdf comparto el enlace https://carmeperformer.weebly.com/uploads/5/2/9/6/5296680/deseodeleuze.pdf) , del que en este audio se hace un muy buen resumen.

Algunos fragmentos (las mayúsculas son mias, subrayan los conceptos determinantes):

-¿Qué buscamos cuando vamos a una exposición o a un concierto? Esperamos que suceda un ENCUENTRO, que lo que vemos u oímos nos presente un mundo que deseamos capturar y hacerlo nuestro. Anhelamos poder decir ante un cuadro o un ritmo hasta entonces desconocidos: “¡esto es para mí, es mío!”. Y la vida se amplía y se hace más hermosa, porque gracias al arte resistimos frente a las opiniones corrientes, escapamos a la
vulgaridad y al aburrimiento.
Así hay que hacer cuando abrimos un libro de filosofía. No hay nada que entender, sólo hay que
observar si se produce el encuentro, si nos contagiamos con sus conceptos, si gracias a esos
conceptos nuestro pensamiento se mueve y nos permite acceder a una vida más intensa, más
elevada. Buscaremos aquellos que se combinen con
nosotros, que establezcan un encuentro positivo con nuestras fuerzas vitales...

Una puerta de entrada a la filosofía de Deleuze consiste en entenderla como una filosofía vitalista.
El vitalista no ha domesticado la vida con sus hábitos, porque sabe que la vida es algo
mucho más fuerte que uno mismo. Amar la vida es aquí amar el cambio, la corriente, el perpetuo
movimiento.La vida es aquello en lo que nos encontramos metidos, lo que nos empuja. Es más fuerte que
cualquiera, porque nace más acá de nosotros y nos lleva más allá de nosotros. Un flujo, una
corriente, un viento...
Ahora bien, ¿son muchos los seres humanos vitalistas?, ¿ son muchos aquellos cuyas vidas son como un huracán gozoso? Para tantos y en tantas ocasiones más bien parece que no estamos a la
altura de vivir esa gran vida, ese gran movimiento, ese viento que nos arrastra. Le ponemos
obstáculos y nuestras vidas acaban siendo pequeñas, mediocres y vulgares.
Aprisionamos la vida. Por miedo y por pereza, sin duda, y esos son elementos individuales, pero
también porque vivimos en el interior de una cultura que nos ha acostumbrado a ello. ¿Cuáles son
esos obstáculos que pone nuestra cultura al desarrollo de la vida? ¿Cómo mantenemos la vida
aprisionada?
Lo que impide que la vida discurra y crezca es el lenguaje y el juicio moral...

El lenguaje de nuestra cultura divide el mundo en sujetos y predicados. Los sujetos existen como
soportes de los predicados. Gramaticalmente consideramos que los predicados suceden a los
sujetos, y suceden porque existen los sujetos (los seres humanos, los animales, las plantas, los
lugares, los objetos) de los cuales se predica. Nuestra lógica, la lógica que utilizamos para nuestro
razonamiento está basada en dicha dicotomía.
Expresar las RELACIONES es difícil porque tenemos que hacerlo en el interior de un lenguaje de sujetos,
donde los sujetos son antes que la acción, antes que el predicado, antes que la relación.
La vida se expresa mejor a través de la metáfora que no a través de los silogismos
aristotélicos. O dicho de otra manera, la vida es un predicado, es una relación, no es algo que está en
los sujetos, sino que es algo que pasa a través de los sujetos: no está en este, ni en aquel, ni en esta
planta, ni en este animal. La vida es lo que está entre, entre los seres humanos y las plantas y los
animales, existió sin sujetos (sin el lenguaje de los sujetos) desde hace millones de años y se
multiplicó y avanzó...

Ver así las cosas y las personas no es nada fácil. Nuestro lenguaje es el del ser, la identidad, el
lenguaje de los contornos fijos, el que dice que uno es hombre, blanco, occidental. El particular se
inserta dentro de estos universales como Sócrates en la totalidad de los hombres. “Hombre”, “blanco”,
“occidental” son los rótulos por los que captamos el mundo, son los elementos de identificación de un
sujeto. Y sin embargo, nos dice Deleuze, no es ahí donde está lo importante, porque lo importante es
lo que pasa, lo que atraviesa, lo que cambia. La lógica de la vida no es una lógica del ser sino del
DEVENIR.Captar el devenir a partir de un lenguaje del ser es una tarea ardua.

Es así como circula la vida, y es así como se mueve
el deseo. Siempre mediante empujes exteriores y conexiones productivas. El rizoma es una
multiplicidad que cambia a medida que aumentan sus conexiones.
Pero hay que entender que los peligros y los riesgos
están del lado del devenir. La experimentación, la destrucción de la identidad personal, las líneas de
fuga nos hacen bordear lo desconocido. Hay que desarrollar una gran prudencia, ser nómada sin
acabar siendo exiliado. Hay que aprender a conocerse a sí mismo, experimentar pero encontrando
aquello que nos conviene. Y todo ello sin morir en el intento.
Borrarse y experimentar se resumen en hacer rizoma: no echar raíces en nuestra identidad, hacernos
mundo buscando las conexiones que nos convienen...

También el juicio moral aprisiona la vida. Deleuze repite a menudo una frase de Antonin Artaud: “hay
que terminar de una vez por todas con el juicio de Dios”. El juicio de Dios es el juicio trascendente,
aquel que en virtud de otra vida más perfecta juzga esta vida nuestra terrenal. La trascendencia
consiste en creer en una realidad superior según la cual se puede creer en una realidad superior
según la cual se puede establecer lo que está bien y lo que está mal. Poca importancia tiene que esa
realidad superior la situemos en los cielos, en las ideas, en el futuro, en la promesa política de un
mundo mejor, en el más allá del socialismo o en lo que sea. Lo que tienen en común todas las
trascendencias es la voluntad de juzgar la vida desde el exterior.

¿No hay, entonces, que juzgar en modo alguno?, ¿no es posible orientarse?, ¿sólo vivir, y vivir sin
más, lo que sea y lo que venga? No es eso. Se trata de liberar la vida y de no abandonar el juicio.
Para ello la vida debe ser juzgada de manera INMANENTE. Un juicio inmanente de la vida es un juicio
realizado desde dentro mismo de la vida, sin tener en cuenta nada más que la propia vida, un juicio
terrenal, hecho a base de valores estrictamente terrenales.
Empecemos por poblar el universo de seres vivos diferentes, de cuerpos particulares, y pensémoslos
sin el lenguaje del ser. Dicho de otra manera, no tomar en cuenta el lenguaje del ser significa no
definir un cuerpo por la especie a la que pertenece, sino por los afectos de los que es capaz: definir
cada planta, cada animal, cada hombre y cada mujer de manera particular, con arreglo a aquello de lo
que son capaces, es decir, con arreglo a su POTENCIA...

La “potencia” no quiere decir aquí lo que potencialmente podría hacer un individuo por el hecho de
pertenecer a una especie concreta, sino que “potencia” significa lo que realmente puede este
individuo, y lo que realmente puede es lo que hace. Tomemos como ejemplo una garrapata. El mundo
es inmenso y no todas las cosas afectan a todos los cuerpos vivos de la misma manera. Una
garrapata se siente afectada por la luz, y por eso trepa a lo alto de un arbusto; se siente afectada por
el olor, y por ello se inmoviliza en una rama y espera hasta que un cuerpo caliente pasa por debajo; y,
en tercer lugar, se siente afectada por el tacto y busca la zona del cuerpo en la que incrustarse. Así
pues, del conjunto del mundo, las garrapatas sólo se ven afectadas por la luz, el olor de un cuerpo
caliente y el tacto de una zona del cuerpo. Pero estos afectos pertenecen a la definición de lo que es
una garrapata. En cuanto nos vemos enfrentados a juzgar la vida de una particular garrapata, ésta
dependerá de los encuentros con arbustos y animales de sangre caliente que el azar le depare. Y la
vida de dicha garrapata será el conjunto de afectos de los que haya sido realmente capaz, esto es, su
potencia no es lo que podría haber hecho, sino lo que realmente ha hecho...

La potencia busca crecer y anexionarse más TERRITORIO. Los seres humanos, los animales, las plantas,
poseen un territorio que no se delimita por contornos fijos, sino que está en continuo movimiento
porque está determinado por la fuerza vital de cada cual. Un territorio no se delimita desde fuera, no
es una propiedad privada. Cuando no actúa la violencia de los otros, el territorio crece hasta el límite
de sus propias fuerzas.
Así pues, el territorio no es algo cerrado, es más bien un vector que se mueve, por lo que
continuamente hay en él movimientos de desterritorialización y reterritorialización. O mejor aún, el
territorio es un vector de salida del territorio. El territorio es devenir, se deja invadir o invade, se
puebla, se desertiza...

El mundo sin ESENCIAS...o, lo que sería lo mismo, sólo con esencias particulares, permite agrupaciones
de otro estilo...Deleuze emplea la palabra
“territorio” para referirse a la potencia particular de cada individuo.
La especie no nos dice lo que es un individuo, sino lo que debería de ser porque es como una
esencia universal, válida para todos los individuos comprendidos en ella: tomando como ejemplo esta
vez un individuo del reino vegetal, juzgo según la esencia si digo “este arbusto es un viburnum y,
como tal, debe crecer hasta llegar a esta altura”. Pero si no considero la especie a la que pertenece
este arbusto, sino sólo su potencia particular, no condenaré un comportamiento que no se atenga al
que esperaba según la especie: quizá no arranque de un seto este viburnum sólo porque es más
pequeño que los demás. (Los jardines de quienes piensan con el lenguaje del ser y juzgan con un
criterio trascendente se parecen bien poco a los jardines de quienes se esfuerzan por pensar en las
potencias particulares de cada planta y cada árbol).

Maite Larrauri.