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Habría dos tipos de islas: las islas continentales y las islas oceánicas. Las primeras son en verdad islas derivadas, deben su origen a un desprendimiento continental que permite en
última instancia pensarlas desde el propio continente. Por el contrario, las
islas oceánicas son adjetivadas como originarias, son aquellas en las que el
aislamiento es esencial, no dependen en nada de la estructura territorial
y ellas mismas surgen a veces por medio de explosiones volcánicas, a veces efecto de una estructura coralina viviente. En ambos casos se oponen
a cierta idea de territorialidad, la idea de estabilidad y de posibilidad de
asentamiento. Desde este punto de vista podríamos decir que son flotantes, desarraigadas. En esta caracterización encontramos la explicitación
de una oposición que acompañará la filosofía deleuziana hasta el final. Se
trata de la oposición tierra-mar. Tierra y mar no se refieren a dos espacios
geográficos literales, encarnados y concretos, sino un conjunto de afectividades, que pueden incidir indistintamente en zonas de mar o de tierra. La tierra es propiamente el “espacio geográfico” como espacio humano, habitado, controlado, dominado, medido por el hombre. El mar, por el contrario,es aquel espacio que se resiste a la organización, que no tiene puntos de referencia sino más bien puesta en movimiento y hundimiento de toda mensurabilidad. En este sentido las islas oceánicas, es decir, las propiamente marítimas son pre o poshumanas, pero nunca para el hombre. Y es así que el carácter desierto nada tiene que ver con el vacío, sino simplemente con su carácter inhumano...