Por Emma Ingala.
La voluntad de poder es el elemento que condiciona con
su potencia el sentido de los fenómenos, elemento diferenciador del valor de los valores y, previamente, el elemento diferenciador de la fuerza: «La
voluntad de poder es el elemento del que derivan la diferencia de cantidad de las fuerzas puestas en relación y, a la vez, la cualidad que, en función de esta relación, caracteriza a cualquier fuerza». Es decir, en el planteamiento
de Nietzsche, la voluntad de poder es un principio creador pero inseparable de una tipología pluralista, «inseparable de los casos particulares en los que se
determina». Esto se aclara y precisa cuando Nietzsche señala al cuerpo como «campo de batalla» de la voluntad de poder. El cuerpo es un compuesto de una multiplicidad de fuerzas irreductibles. De ellas unas son dominantes
o activas, y otras son dominadas o reactivas. Actividad y reactividad son las cualidades de una determinada relación de fuerzas producida en sus continuos encuentros al azar. Y esta cualidad no es otra cosa que el producto de su
cantidad, o sea, de la diferencia de cantidad de unas fuerzas frente a otras.
Expresados así los términos del planteamiento, puede entenderse entonces en qué sentido Nietzsche define la voluntad de poder como voluntad de querer
afirmar la propia diferencia de cantidad de fuerza, siendo el análisis genealógico el método o procedimiento que él propone para descubrir ese «elemento diferencial de los valores del que procede su valor», o sea el tipo de
voluntad de poder que los pone o afirma.
Presentándose, pues, como una nueva filosofía de la voluntad, la de Nietzsche se separa, sin embargo, así radicalmente de la manera en que la voluntad había sido tradicionalmente comprendida como «deseo de poder», «querer ejercer el dominio».
Nietzsche rechaza todas las teorías de la voluntad que acaban negándola y dan origen así o refuerzan el resentimiento y la conciencia de culpa. Frente a ellas señala, principalmente, tres cosas: 1) En primer lugar, que la voluntad no
es una fuerza unitaria, sino relaciones de fuerzas enfrentadas y pugnando unas contra otras por imponer su propia diferencia de fuerza. El querer único de la metafísica debe disgregarse en una pluralidad de fuerzas en lucha entre sí, que
se afirman como tales midiéndose antagonísticamente; 2) En segundo lugar, la voluntad como voluntad de poder no es un «querer el poder» que surge de una carencia de fuerza a la que se quiere suplir mediante la adquisición del poder,
sino que tiene como base su propia afirmatividad. O sea, lo que la voluntad quiere no es el poder, sino que es la potencia (la multiplicidad afirmativa) la que se quiere a través de la voluntad de poder: «La potencia es lo que quiere en la voluntad de poder. La potencia es, en la voluntad, el elemento genético y diferenciador. Por ello la voluntad de poder es esencialmente creadora». Voluntad de poder es, en definitiva, reconocer y querer lo múltiple; 3) En tercer lugar, la negación de la voluntad a la que conducen las concepciones
de la tradición filosófica y que nutren los ideales ascéticos, es paralela al hiperdesarrollo de la conciencia como instancia de negación, de autolimitación y de represión: «La conciencia es esencialmente reactiva» . «¿Qué es activo?
Tender al poder» . La conciencia pertenece, pues, para Nietzsche, a las fuerzas reactivas y es siempre expresión de ellas.
E invirtiendo así la concepción tradicional de la voluntad y su valoración, es como cree Nietzsche que se supera el nihilismo de la metafísica occidental y su concepción dogmática del conocimiento como representación.
Por eso, según Deleuze, Nietzsche debe ser reconocido como el verdadero punto de viraje crítico, en la modernidad, respecto a la filosofía clásica, y no Kant. Para
Deleuze, Nietzsche es un descendiente a la vez que un rival de Kant, al hacer de su filosofía «una transformación radical del kantismo y una reinvención de
la crítica que Kant traicionó en el momento mismo de emprenderla», al replegarla sobre la dialéctica y sobre el conocimiento de lo verdadero, que continuaba siendo asumido como el problema fundamental de la filosofía y
que hacía lógicos y naturales, por tanto, los posteriores desarrollos idealistas postkantianos. Lejos, pues, de representar el cumplimiento del nihilismo europeo, la concepción nietzscheana de la voluntad de poder constituye un nuevo inicio para el pensamiento, que «debe sustituir a la vieja metafísica, destruirla y superarla».
En conclusión, la voluntad de poder es el elemento que interpreta, o sea, el elemento que determina la fuerza que da sentido a la cosa, el elemento que valora o que confiere valor a la cosa como factor diferenciador. El sentido y el
valor derivan, en última instancia, de la voluntad de poder como relación de fuerzas. Su esencia la constituye una diferencia que es «el objeto de una afirmación
práctica inseparable de la esencia y constitutiva de la existencia».
Esta no es, claro está, la diferencia hegeliana: «La dialéctica hegeliana es reflexión sobre la diferencia, pero invierte su imagen». Deleuze opone con cierto detenimiento, a lo largo de su Nietzsche et la philosophie, la diferencia nietzscheana a la de Hegel, detallando cómo «el sí de Nietzsche se opone al no
dialéctico, la afirmación dionisíaca a la negación dialéctica, la diferencia a la contradicción dialéctica». Su tesis es que la voluntad de poder es el principio de la síntesis de las fuerzas, pero una síntesis que, en vez de anularlas, subraya su diferencia al establecer su jerarquía y cualificar diferenciadamente a cada una de ellas. De ahí que, para Deleuze, el interés de la operación de Nietzsche consista, sobre todo, en «haber descubierto, en el corazón
de la síntesis, la reproducción de lo diverso». El concepto con el que Nietzsche piensa de manera original y revolucionaria esa modalidad desíntesis de las fuerzas es su concepto del eterno retorno.
En lo que se refiere a esta idea del eterno retorno es preciso distinguir la peculiaridad del pensamiento nietzscheano frente a lo que ordinariamente se ha creído que significaba la concepción antigua del tiempo que este concepto implica. En Nietzsche, según Deleuze, el eterno retorno no es pensamiento de lo idéntico, sino, al contrario, pensamiento sintético, pensamiento de lo absolutamente diferente. Es decir, «no es lo mismo y lo uno lo que retornan
en el eterno retorno, sino que el retorno es él mismo lo uno que se dice sólo de lo diverso y de lo que difiere». Y en este sentido, el eterno retorno es precisamente lo que garantiza la diferencia a través de su repetición....
Diego Sánchez Meca.