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Seguimos con nuestras idas y venidas por la filosofía nacional y esta vez volamos a la cataluña de la primera mitad del siglo XIX con Anna Caballé...
El teólogo y filósofo Jaime Balmes vino al mundo en Vich en 1810 y murió en la misma ciudad en 1848.
Estudió teología, filosofía, matemáticas y derecho. Fué ordenado sacerdote en 1834.
En Barcelona fue director de la revista "la sociedad", donde defiende las asociaciones obreras, y en Madrid asumió la dirección de la revista política "el pensamiento de la Nación",en donde defendía la unidad de España. No se dejó fascinar por las doctrinas reaccionarias del catolicismo intolerante, retrógado y fanático tan común entonces en España y en otros países.
Entre las muchas cosas que le diferencian del pensamiento conservador de su época es precisamente su búsqueda de una síntesis o equilibrio armónico entre tradición y evolución, entre Religión y Ciencia, espiritualidad y utilidad práctica. Si de un lado escribe en el criterio que la religión católica nos ofrece cuántas garantías de verdad podemos desear, en otro pasaje del libro subrayar a la necesidad de cultivar la ciencia, lamentando el déficit que en este aspecto padece España. Como captura muy bien Menéndez Pelayo en los heterodoxos, Balmes es el genio catalán paciente, metódico, sobrio, mucho más analítico que sintético, iluminado por la antorcha del sentido común y asido siempre a la realidad de las cosas.
Enemigo innato de la retórica y de las grandes palabras, se expresa en un lenguaje llano y sencillo sin intentar nunca hacer gala de sus inmensos conocimientos. Otro de los rasgos de su obra es su sentido práctico y su aversión a las especulaciones abstractas, de ahí que sobre todo, en el criterio, a cada uno de sus razonamientos siga un ejemplo concreto. Escribe: "las ideas morales no se nos han dado como objeto de pura contemplacion, sino como reglas de conducta, no son especulativas, sino eminentemente prácticas"...

Su obra está indisolublemente ligada a su preocupación por la suerte de las clases desfavorecidas. ¿Quién no sufre al ver sufrir? exclama. Frecuenta los salones de los poderosos y ricos pero no se olvida de los parias que padecen hambre y sed de justicia: "hay paz, pero esta paz es el silencio de los oprimidos"...

Óscar Alzaga está asistido de razón al señalar que, con anterioridad a la revolución de 1848, quizás sea Jaime Balmes el único pensador católico español que en sus escritos nos ha dejado pruebas de una clara conciencia del grave problema social que la nueva realidad industrial estaba creando en España.

En un plano más estrictamente filosófico sobresale su crítica a la filosofía alemana, a la que acusa de haberse alejado de la religiosidad de leibniz y de haber asumido el panteísmo de Espinoza, del que dirá que no es más que un ateísmo disfrazado. Reconoce el talento de Kant, pero sin dejar de señalar que serán pocos los que tengan la necesaria paciencia para engolfarse en aquellas obras difusas, oscuras, llenas de repeticiones, dónde, si chispea a las veces un gran talento, se nota el prurito de envolver las doctrinas en un lenguaje misterioso. Crítica también a Fichte, a Schelling, y el krausismo, pero sus reproches los dirige realmente y en primer lugar a Hegel. Pocos textos españoles de su tiempo y posteriores han sabido desenmascarar tan lúcida y soberanamente no solo las falacias, oscuridad, la terminología rebuscada y la soberbia de la filosofia hegeliana, sino también sus aspectos ridículos, empezando por su grotesca pretensión de estar en posesión del saber absoluto: "él lo ha descubierto todo, después de el nada queda por descubrir..., escribe sarcásticamente en una de sus cartas. En una cosa se equivocó, en haber creído que el pueblo español era inaccesible al hegelianismo...
A pesar de su gran admiración por Descartes, tampoco Francia se libra de sus ataques.

Hoy poco leída, la obra de Balmes tuvo en su tiempo, y tras su muerte, una gran repercusión no solo en España sino también fuera de nuestras fronteras, lo que explica que fuera traducida a los principales idiomas europeos.

Heleno Saña.