Con Juan Pedro García del Campo.
En Althusser no queda nada de Hegel. Parte de un materialismo que no predica la necesidad y la teleología, sino que celebra la radicalidad de la contingencia y el encuentro. No hay comienzo, no hay fin. Filosofía inacabada, como la praxis social misma. Siempre se toma un tren en marcha. Cada época, cada modo de producción, una vez ha adquirido consistencia tiene sus leyes y regularidades, pero éstas no se sustentan sobre ninguna razón o fin inteligible.
Marina Garcés
Habitualmente tratado como un filósofo estructuralista, padre de toda una corriente de análisis cultural y político, Louis Althusser ha quedado para la mayoría como el fundador de una escuela del marxismo occidental: una mirada quizá demasiado fría hacia la sociedad, sus conflictos y los procesos de reproducción de la dominación capitalista. Sin embargo, la importancia de su teoría de la ideología y los trabajos emprendidos desde mediados de los 70 nos devuelven la imagen de un filósofo bien diferente: atento a la coyuntura, a los procesos de subjetivación, al calado de las luchas sociales y -frente a toda la tradición leninista- cada vez más radical en su crítica al Estado. ¿No es el Estado una máquina que limita los propios impulsos constituyentes del comunismo? Su pensamiento teminará por formularse como un “materialismo aleatorio” que no dejará de plantearse las condiciones para construir alianzas políticas y sujetos subversivos contra el dominio económico-político del capital.
Traficantes.