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Hay una lucha constante por encontrar el espacio adecuado entre el Devenir, que arrasa toda forma, desvanece todo sólido, y el Ser, garante de la estabilidad, con el devenir como su enemigo a combatir (miedo a la libertad, al cambio, temor a lo diferente y al diferente, rechazo de la excepción que pretende saltarse las costumbres y amenaza los valores tradicionales fuentes de seguridad…).
Ese miedo, fuente de la moral, es el miedo a la muerte en última instancia, a la perdida y desaparición de lo que amamos. Algo lógico y natural. Pero...y paradójicamente, la esperanza ( vieja perra, decia Nietzsche, que prolonga las torturas de los hombres) está mas del lado, por otra parte siempre inevitable, del Devenir (fuente de la novedad, aliada de la liberación, del sufrimiento, de la opresión...)

En el terreno político el asunto se juega entre el Poder Constituyente y el Poder Constituido (potencia-potestas) en un complicado "equilibrio dinámico".

La falta de un fundamento último:

Vivir en democracia deberia significar tener el coraje de vivir sin fundamentos y, a la vez, de construir al mismo tiempo fundamentos contingentes. Se diice que la democracia nació cuando le cortaron la cabeza al Rey, el garante y representante de la unidad del reino, de la jerarquía, de la distinción de rangos y órdenes que, él sí, decía reposar sobre un fundamento incondicionado. Con su decapitación se cortó definitivamente el lazo entre la sociedad y su fundamento legitimador extramundano...
Ante ese vacío ontológico, son todos los ciudadanos, ahora iguales, quienes deciden o deberian decidir, que valores, ya mortales, (humanos, demasiado humanos), son los que les rijan.
Porque sólo en la ausencia de fundamento último es posible cuestionar todas las jerarquías de nacimiento, de clase, de género, de raza, de religión... y abrirse paso el concepto de la igualdad.

Si no hay fundamento que pueda dirimir objetivamente los conflictos sociales, y en esto radica la Revolución Democrática, no es un grupo, un partido, un individuo o una mayoría la que ocupa la casilla vacía del rey, sino que son las afinidades, los agenciamientos, y también el antagonismo, en las relaciones sociales, la fuerza de un poder constituyente, y no de un poder constituido. Pensada como un Poder constituyente inacabable, que emerge de la ausencia de plenitud, de identidad última, de determinaciones, la democracia, momento de constitución de lo social, jamás puede ser reducida ni confundirse con el poder constituido. Rasgo revolucionario, un ejercicio de revisión continua...

Con el Devenir es imposible llegar a un punto donde todo quedaría ya sentenciado y solucionado. Se trata de tener el proceso democrático constituyente siempre abierto. No de alcanzar unas normas, leyes o valores que rijan hasta que ese mismo poder constituido lo decida, sino tener la capacidad de cambiar las cosas, tener la potencia del cambio. La revolución resulta mucho menos estatal y centralizada que molecular, difusa y plural, para inyectar resistencia y antifascismo allí donde triunfan los modos autoritarios.
Ese devenir imparable arrasa tarde o temprano cualquier forma o identidad hacia quien sabe que nuevas configuraciones. Individuos, territorios, naciones, civilizaciones, imperios... planetas, estrellas, galáxias... sucumben. Ninguna identidad sobrevive en ese eterno retorno de las diferencias...Este es el fundamento. Ahi jugamos la partida de nuestra vida. Esto es la vida, y a esto debemos atenernos. Amar la inmanencia. Y a partir de ahí trazar unidades, buscar lo que une y no lo que nos separa...
En esa Ontologia del devenir, sin fundamentos, al menos desde el alcance de nuestro humano conocimiento, es donde debe poner su legitimidad a la Democracia como amor a la vida...Porque si estamos abocados a vivir la ausencia de un fundamento último, vivir en democracia significa tener el coraje de vivir sin ese fundamento, y, a la vez, de construir al mismo tiempo fundamentos contingentes, temporales, finitos, como la vida misma.
Ser dignos del acontecimiento en que consiste la vida, frente a esos nihilistas de la compulsion enfermiza, de la pura negación y miedo que se agarran a algun fundamento último siempre excluyente y opresivo (que dicen no a la vida).

Asi lo plantea Raúl Sanchez Cedillo...