En sus primeros siglos de existencia, el mundo cristiano había sufrido diversas adversidades, tanto internas como externas, pero había permanecido mediamente unido pese a ellas. Sin embargo, en el siglo IV esa unidad cristiana se resquebrajó fuertemente debido a disensiones teológicas o doctrinales, lo que se conoce como las controversias cristológicas, precisamente porque la doctrina de Cristo fue el centro de los debates. Pero mientras este conflicto tenía lugar entre los líderes del movimiento cristiano, otra profunda transformación social, incluso antropológica, afectaba a las iglesias, en especial a las de la mitad oriental del Imperio. A fines del siglo II en Egipto y Siria comenzaron a tomar forma los primeros incipientes experimentos monásticos; al principio eran hombres que decidían abandonar la vida familiar, incluso urbana, para vivir solos o lejos de las ciudades, después aparecieron las primeras comunidades de estos ermitaños y a poco andar surgieron también mujeres que siguieron el mismo ejemplo.