Estamos perdiendo fe en la comunicación, ni más ni menos. A eso se resume la inquietud de nuestros tiempos: recelamos de las palabras, de los gestos calculados sólo de cara a la galería. Vivimos atrapados en la mala fe, en el “piensa mal”, y por desgracia, como decía el refrán, nos hemos acostumbrado a “acertar”.