El ser humano, al nacer y durante la infancia, necesita de constantes cuidados y atención. Nuestros padres nos tienen que alimentar, nos enseñan a comunicarnos y a caminar, nos cubren con su calor y su cariño…
Incluso cuando nos hacemos adultos y construimos nuestra propia vida, el hogar familiar sigue siendo espacio de afecto y atención: los padres nos preparan nuestro plato favorito, nos aconsejan en asuntos profesionales o personales, nos ayudan económicamente en caso de necesidad, les pedimos que nos echen una mano en la crianza de los hijos… Nuestros padres nos siguen cuidando a los 30, 40 o 50 años, aunque frecuentemente se nos olvide ser agradecidos, dando por hecho que ellos estarán siempre disponibles.