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Proponemos en este artículo una reflexión sobre el “arte de educar”, y para centrar la importancia del tema, como en otras ocasiones, partimos de su significado etimológico.
“Educar” viene de las raíces latinas “educare” y “educere”, que significan, de modo complementario, “orientar, guiar, alimentar” y “sacar de dentro, extraer a la luz”. De acuerdo con el origen de este concepto, explicaremos de manera más extensa las implicaciones de ambas acepciones, teniendo en cuenta que en esta tarea, que supone todo un arte, hay un agente indispensable y que no puede ceder su compromiso a otras instituciones más frías: la familia.