Últimamente le estoy dando muchas vueltas a la palabra consentimiento; a cómo algo tan cotidiano, tan básico, tan normalizado para casi todos en nuestro día a día tiene pequeñas lagunas en algunos aspectos de nuestra vida y sobre todo en nuestras relaciones. Me voy a intentar explicar un poco más…
A ninguno de nosotros se nos ocurriría cogerle algo del bolso a alguien sin haberle preguntado o sin haberle pedido permiso. Tampoco se nos ocurriría nunca entrar en casa de algún amigo y abrir su armario y cogerle una prenda de ropa sin su consentimiento; y mucho menos se nos ocurriría, a alguien que está con nosotros y por alguna razón se ha quedado dormido o dormida o está inconsciente, obligarle a beber o a comer algo porque nosotros queramos o nos parezca bien; ya que esa persona no puede decidir por sí misma e incluso puede llegar a ahogarse.