Imagina que vas caminando tranquilamente por un sendero y, de repente, caes en un agujero profundo. Miras en tu mochila y solo tienes una pala. Así que te pones a cavar, pero con cada palada te hundes más y más. Así es la rigidez psicológica: aunque eres consciente de que estás agravando el problema, no encuentras otra herramienta para salir del hoyo.
La persona rígida vive desconectada del presente y trata de evitar a toda costa el malestar emocional a través de conductas o sustancias que la tienen distraída. Además, vive fusionada con sus pensamientos y los rumia en un ciclo sin fin. Por otro lado, se siente bloqueada en un espacio vital sin horizonte y sin acción, atrapada entre el deseo de mejorar y el pánico a asumir cambios en su vida.