El otro día enterramos a la madre de una amiga. La semana pasada al padre de otro. Y así llevamos una temporada, viendo cómo la agenda se llena de malas noticias y de sinsabores. De sucesos que nos entristecen y nos callan de repente. Nos instalan un nudo en la garganta y parece como si se cerrara una puerta más en cada ocasión. Y, a veces, incluso de un portazo.
Para más colmo de males, da la sensación de que las palabras que nos escuchamos unos a otros no nos alientan. Son palabras y palabras que nos suenan a lo de siempre. Y se nos escapa que hemos quedado perplejos. Entra de golpe la tristeza como visita inesperada si es que no se nos instala el enfado con la vida. Enfado que nos deja ciegos a tantas y tantas tristezas que nos rodean.