Ante el panorama tan polarizado que nos está brindando nuestra sociedad, tengo la imperiosa necesidad de seguir insistiendo y denunciando situaciones vitales cotidianas que me continúan horrorizando.
Abundan, cada vez con mayor asiduidad, personas que han adquirido la curiosa habilidad de incordiar al prójimo. Este tipo de personas poseen una increíble capacidad para rebuscar la mejor forma de jorobar y para encontrar el resquicio a través del cual hacer una herida. El caso es fastidiar. El caso es poder insultar. Lo que se pretende es que el otro se sienta incómodo, molesto, irritado o aturdido. Luego aparecen los que jalean y se hacen eco de las maldades expresadas. Son habituales y reconocibles, por desgracia, muchos ejemplos de cómo algunos afinan la lengua para herir al prójimo.