Hay que reconocerlo: los piropos no están de moda. Especialmente, aquellos que tienen un tono grosero y que reducen a objeto a la persona que los recibe. Es necesario que nuestra sociedad denuncie todo gesto agresivo, maleducado, machista o invasivo. Un buen indicador de lo inadecuado de un piropo es el nivel de incomodidad y malestar que experimenta la persona que lo recibe. El piropo, en contra de su sentido original, ha sido durante mucho tiempo una herramienta de poder y de denigración del varón hacia la mujer.
Sin embargo, habría que recuperar el piropo como expresión espontánea y saludable de admiración y afecto. Un piropo a tiempo vuelve nuestra comunicación más auténtica, genuina, creíble.