El asedio obstinado de la publicidad con el concepto de exclusivo produce un efecto malévolo, hoy vestido con el nombre de aspiracional, Término inventado por el marketing que surge de asociar el objeto y la marca, con el anhelo por sentirnos diferentes; con el objetivo perverso de marcar estatus diferencial entre al común, que se compra con dinero: con mucho dinero. Ejemplo palmario de esta estratificación social es la actitud fría y altanera, casi despreciativa, de los y las modelos en la pasarela, los anuncios que muestran efebos y muñecas irreales en ambientes inalcanzables o la proliferación de las zonas VIP. Todo para estratificar a las personas recordándolas que la diferencia entre los exclusivos y los menestrales es el dinero que cuesta lo que lucen y lo que gastan en objetos banales. Mensaje abyecto que puede obsesionar si olvidamos que todos los seres humanos somos exclusivos sin necesidad de que una marca lo diga; porque la exclusividad verdadera se encuentra entre los congéneres a través del esfuerzo por ser mejores personas que nos descubre que la exclusividad es un concepto pueril que distancia a las personas, las estratifica genera oprobio entre ellas.