El perdón hace desaparecer la necesidad de demostrar que tenemos razón y nos permite eliminar la indignación debida a supuestas injusticias. Si no aprendemos a perdonar, el resentimiento nos envenenará. Aquellos que no
perdonan, que insisten en interpretar el papel de jueces, deberán esperar lo mismo a cambio; ¿cómo podría ser de otra manera?
Cuando no perdonamos llevamos una doble carga: tanto el resentimiento por la injusticia cometida por otros como la oculta realidad de nuestra propia injusticia. El perdón nos libera de esas amargas emociones. Perdonar significa ser compasivo y avanzar pacíficamente sabiendo poner un punto final en nuestra mente y en nuestro corazón. Perdonar es un signo de sabiduría espiritual.