Poema "Compro oro", del libro del mismo título, de Harkaitz Cano.
"Hasta donde me alcanza la memoria, mi infancia la pasé subido a un árbol, mirando al río que venía crecido y amenazaba con desbordarse. Ignoro si los niños de hoy siguen encaramándose a los árboles, pero el río ya nunca viene tan crecido desde que ensancharon el cauce. No obstante, aquellas aguas turbias que amenazaban con llevarse el puente aparecieron en mi primer poemario (Kea behelainopean bezala, 1994). Cuando recogí de la imprenta los ejemplares que me correspondían, tropecé y los libros salieron volando. Pensé que era una buena señal, que estaban vivos.
Mi amigo Freud dice que escribo porque dibujo muy mal y fracasé en la música. Son dos carencias que me ayudan a escribir, ciertamente, como todas las demás carencias. De todas formas, trato de desquitarme escribiendo novelas de vinilo con cara A y cara B (Jazz y Alaska en la misma frase, 2004).
Estudié derecho durante cinco años. Fue necesario todo un año en Nueva York para olvidar completamente lo aprendido. Desde entonces, siento que el puente de Brooklyn -siempre un puente- vive encarnado en mi espina dorsal. Narré esta experiencia en mi obra más personal, un libro de crónicas titulado El puente desafinado (2003).
El cuento es el género que más frecuento. Dan fe de ello tanto la antología Enseres de ortopedia inútil (2002), como el tono narrativo de la mayoría de mis poemas (Interpretación de los temblores, 2004).
Denle una maleta al novelista: les organizará una mudanza. El cuentista, sin embargo, solamente introducirá en la maleta lo justo. Cuando un relato de desdobla, encaja perfectamente en el suelo de la cocina, como el plano de una ciudad secreta.