Uno de los aspectos que permite salvaguardar la esencia de lo lúdico es que el juego es sin-por-qué, cuestión que reconocen Huizinga y Caillois. Y ese sin-por-qué está ligado al sentimiento de placer. En otras palabras, jugamos simplemente por el placer de jugar. Cuando esto se pierde, el juego se desvirtúa.