Hace falta inundarse de sí mismo para dibujar algo
en estas paredes largas y profundas
que quieren ser espejos de los años que estamos viviendo.
Tus ojos chilenos repican en mi boca
y saben a semen, a sangre, a orina nocturna
a orina marítima
a orina penquista, orina infinita de esquinas.
Entonces hace falta inundarse de sí mismo
y cubrirse de piel erizada
todas las pieles coreógrafas al ritmo de la misma marcha
hacia el árbol perpetuo que nos toca
iluminado hoy solo por algún poste de luz amarilla, ciega.
Si se decide
y se ahoga en sí
¿podrá volver a escribir estas palabras?
¿o solo será un viandante más
un fariseo, un comerciante de árboles tristemente iluminados,
un malabarista especular?
¡incluso una estrella que se mueve!
Esta es una época amurallada de espejos, dijimos.
El madero salvador es una estatua sin cara
una estatua infinita que se balancea
y que susurra el sonido de un violín:
una sola nota para coser todo.
Muéstrale a tu hija las montañas, las luces,
muéstrale a los niños la ventana del comedor
por donde ves pasar las gentes de tu memoria.
El paisaje siempre esconde catástrofes.
En una grieta, el otro día, leí:
"¿quién nos está prestando el tiempo?"
Porque no puede ser gratis, no puede ser,
no puede ser, no puede ser,
nos movemos a través del reloj como un taxi oculto:
somos un móvil en tantos sentidos.
Hay una sombra corriendo escalera abajo, pero nunca se va.
Lo único que quisiera, si es posible,
es verme a los ojos
en estas paredes largas y profundas
que quieren ser espejos
de los años
que estamos viviendo.