En la fugacidad del color leí todos los crepúsculos:
aquel donde la niebla dibujaba tu vestido,
aquel donde bailamos escuchando solo el eco
que abandona las carreteras vacías,
las calles que fuimos cuando niños,
los espacios donde encontraré mi albur.
Pensé: marcharé por el desierto
con un ejército tan grande.
Sentiré en su tacto los dibujos que me negaste.
Pensé: en el desierto de Camar
están los cuerpos de Santiago
putrefactos, henchidos,
putrefactos,
cruzados de heridas,
azotes indelebles de viejas leontinas.
En la ciudad, solo los cementerios saben arrostrar el paso de los años.