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Una de las promesas de Dios que nunca debemos olvidar es aquella en la cual Él nos asegura ser guardados del mal. Esta es una promesa que debe vivir en nuestro corazón. Debe plantarse en nuestra mente y echar sus raíces en nuestro corazón.

Cuando vivimos un momento difícil, algo que nos hace llorar, solemos calificarlo como “malo”. Lo etiquetamos como una desgracia.

Sin embargo, el Dios que ha prometido guardarnos de todo mal sabe que la situación, aunque es amarga, no es mala. Dentro de ella, reside la semilla de la bendición y la esperanza.